Una nueva escalada militar en la frontera con Afganistán ha elevado la tensión entre ambos países luego de que el ejército paquistaní asegurara haber abatido al menos a 70 —y posteriormente hasta 80— presuntos milicianos durante ataques aéreos realizados la madrugada del domingo.
La operación, dirigida contra supuestos escondites de insurgentes paquistaníes a los que Islamabad responsabiliza de recientes atentados dentro de su territorio, fue confirmada por el viceministro del Interior, Talal Chaudhry, en entrevista con la cadena Geo News. Sin embargo, el funcionario no presentó pruebas que respalden la cifra de bajas ni detalles verificables sobre los objetivos alcanzados.
Horas más tarde, medios estatales elevaron el número de muertos a 80, lo que intensificó aún más las dudas y la controversia internacional sobre lo ocurrido.
Desde Kabul, la versión fue tajantemente rechazada. El Ministerio de Defensa afgano denunció que los bombardeos impactaron “varias zonas civiles” en las provincias orientales de Nangarhar y Paktika, incluyendo una institución religiosa y múltiples viviendas particulares.
El gobierno afgano calificó la operación como una “violación del espacio aéreo y de la soberanía nacional”, lo que podría agravar un conflicto bilateral ya marcado por décadas de acusaciones mutuas sobre refugios insurgentes a ambos lados de la frontera.
Mientras tanto, sobre el terreno, el panorama descrito por habitantes locales contrasta con la narrativa militar. Aldeanos en Nangarhar removían escombros entre casas destruidas mientras familias se preparaban para enterrar a los fallecidos. Habib Ullah, un anciano tribal de la zona, aseguró que las víctimas no eran combatientes sino civiles.
La discrepancia entre ambas versiones —milicianos abatidos según Pakistán, civiles muertos según Afganistán— coloca el episodio en el centro de la preocupación internacional, no solo por el riesgo humanitario sino por la posibilidad de que el incidente detone un enfrentamiento abierto entre dos países con una frontera históricamente volátil.
Por ahora, ninguna de las partes ha dado señales de retroceder en su postura, lo que deja a la región al borde de una nueva espiral de violencia cuyo impacto podría extenderse mucho más allá de la línea fronteriza.

